Buscar, encontrar, seguir buscando

Tanto Platón —en el Teeteto— como su díscolo alumno Aristóteles —en su Metafísica— coinciden en que el asombro es el origen de la filosofía. Platón habla en primera persona, expresando que el asombro es el sentimiento propio del filósofo. Aristóteles lo historiza: los hombres comenzaron a filosofar porque algo los dejó perplejos, y siguen haciéndolo por la misma razón.

Pero el asombro, por sí solo, puede quedarse en espectáculo. Aquí entra Sócrates con su advertencia más conocida y más malinterpretada: «Sólo sé que no sé nada». Frase que no proclama la inutilidad del pensamiento, sino que el conocimiento verdadero comienza por la conciencia de los propios límites, que sólo quien sabe que no sabe puede ponerse genuinamente a buscar.

San Agustín —que fue filósofo antes que obispo, y dudó antes que creer— decía que «La fe busca, la inteligencia encuentra». La frase establece una alianza, no una jerarquía: la primera mueve y orienta; la segunda comprende y profundiza.

Pero ¿qué ocurre cuando se encuentra algo? Aquí San Pablo nos lanza una advertencia: «La letra mata, pero el espíritu vivifica» (2 Corintios 3:6). No basta con encontrar un texto, una doctrina, una fórmula. El hallazgo puede fosilizarse y usarse para todo lo contrario de lo que buscaba.

Las cuatro frases, leídas en secuencia, trazan algo parecido a un método: empieza asombrándote (Platón / Aristóteles), reconoce que no sabes (Sócrates), deja que esa carencia te ponga en camino con algo más que ego intelectual (Agustín), y cuando encuentres algo, cuídate de idolatrarlo (Pablo).

Y al amparo de ese método, declaro inaugurado este rincón digital.

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